Gracia y Joni se pasean por el lago todas las tardes de
domingo. Sonríen pero no dicen una palabra. Se sostienen las manos tímidamente.
Gracia cierra los ojos, provoca con su inocencia. Joni se dirige cauteloso a su
teta izquierda. Firmes pechos jóvenes. Las conchas marinas se exaltan
alrededor. El paisaje se estremece. Gracia no emitirá sonido hasta que la
cámara se retire, pero sí permite que las energías se dispongan a lo largo de
su verticalidad. Su verticalidad desciende lentamente hasta hacerse horizontal.
Pronto las perpendiculares se penetran y se dejan penetrar. Desde una
circunferencia distante se acercan con velocidad fuertes ondas invisibles, que
colapsan en el centro y se devuelven a su procedencia doblemente rápido. La
explosión se ha ido dejando una estela de naturaleza pura, que se apresura a
seguirle el paso, acariciando su propio rastro mientras se aleja, dejando a dos
seres inertes más vivos que nunca.
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