miércoles, 5 de junio de 2013

La ciudad de los cadáveres que esperan

En la ciudad de los cadáveres que esperan no se cuentan las horas, sería como contar los segundos en nuestro mundo. Allí un día vale por el mínimo de espera, sería como decir que en hacer un trámite se va, mínimo, una hora (en el mejor de los casos). En la ciudad de los cadáveres que esperan los días son como moneda corriente, y el tiempo vale tan poco que se usa como moneda inflada. "Te cambio un bocadillo de aire por un par de días". El aire es indispensable pero el agua se ha evaporado toda (sino las cosas serían más fluidas). EL espacio está seco y estancado, porque el tiempo no pasa. Unos pocos privilegiados han heredado mucho tiempo de sus familias y viven en otro plano, más rápido que el resto, que los mira pasar. El que viaja por el canal acelerado, en cambio, se mueve a demasiada velocidad como para poder ver a los que están frenados y esperan. Algunos teorizan con que si se pusiera en común el tiempo que unos tienen y otros no, todos viajarían al mismo ritmo, las esperas no serían tan largas, y al menos podrían verse las caras entre ellos. En esta ciudad un cadáver que esperaba vio a otro a la distancia, y no lo pudo dejar de ver. A primera vista llamó su atención y sintió, aunque no lo conocía, que sus seres y sus cuerpos se llevaban muy bien. Que sus monstruos querían comerse entre ellos, regurgitarse, disolverse, encastrarse, construirse, contemplarse, destruirse y vomitarse todo, en un charco que se expandiría hacia todos lados, y la falta de tiempo ya no importaría, porque todo estaría cubierto por su fusión y a la vez se fusionaría con todo lo demás. Y cuando estemos en todas partes ya no habrá necesidad de viajar. Dijo esto y se dio cuenta de la cantidad de cosas que había pensado en el tiempo que no tenía, le pareció imposible, mágico, había entrado en un canal de velocidad sin percatarse, y cuando quiso ver, el otro ya no estaba ahí.


Si nunca más lo viera podría seguir viviendo, pensó. Encontraré a alguien más que me produzca esas cosas y esta vez no me quedaré plantado esperando, ni cambiaré tiempo por aire porque aire tampoco tengo, lo que tengo puedo darlo gratis y a quien quiera, cuando quiera, ¡a todos! Seré la fusión misma, seré la manta y el piso, seré el océano que se secó y nos dejó a todos varados. Voy a hidratar esta ciudad de infelices que apenas si conocen el espacio y envidian a los que tienen tiempo, y a los que tienen tiempo y sólo se mueven más rápido perdiéndoselo todo. Voy a ser el océano que se secó. Diciendo esto marchó, por primera vez sin miedo, marchó inmerso en la fina neblina que desdibujaba la ciudad. El aire estaba viciado por el polvo que se levantaba de la árida calle que separaba una ilusión de casas que habían sacado gruesas raíces al piso. Las casas parecían islotes y mantenían su distancia entre sí (su espacio casonal), cuando una raíz siquiera rozaba a la vecina se encrispaba en un rulo y pedía disculpas. Marchó y llenose sus pies de tierra seca, hasta llegar a un enorme pozo de extensión y profundidad indefinible. De un salto hacia adelante se sumergió en la nube de polvo que le obstruía la vista y ahora lo rodeaba mientras caía. La polvareda se hacía cada vez más espesa y amortiguaba su descenso, hasta depositarlo suavemente sobre el fondo. Lo sorprendió no sentir en sus pies la dureza del suelo como lo conocía, ni en su cuerpo la fuerza de gravedad, pero creyó estar quieto. Hizo un paso para comenzar a caminar, no estaba seguro de estar avanzando pero continuó. Con el dedo dibujaba espirales en la nube que lo envolvía. Hizo una espiral muy grande del tamaño de su cara y la sopló. La nube de polvo se abrió para dejar ver otra cabeza putrefacta que al verse perturbada por el leve viento se volteó hacia él para dirigirle una mirada hostil. Sorprendido, perturbado, extrañado, entrecerró los ojos para ver la cola de cadáveres que se extendía delante suyo. Incrédulo, rabioso, decepcionado, una voz molesta en su cabeza se lo dijo: En la ciudad de los cadáveres que esperan, ¿qué esperabas?

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